EL HOMBRECILLO DE FOBOS de Marco A. Almazán
Una historia humorística que involucra los cómics en una historia extraterrestre, publicada en el diario El Imparcial en 1969
Arte Cultura y Entretenimiento | Redacción/ Escrito por Javier Martínez | Visit [a] TintaADiario en Facebook
Marco Aurelio Almazán, más conocido como Marco A. Almazán (1922 a 1991), fue un escritor satírico y diplomático mexicano. El escrito de abajo, de su autoría, que compartimos es una de sus columnas publicada en mayo 11 de 1969. Los escritos del autor se re-publicaron en El Imparcial de 1967 a 1970, su columna provenía de El Excelsior de México donde la columna humorística-social se publicó de 1964 a 1991 con el título Claroscuro.
Esta columna titulada EL HOMBRECILLO DE FOBOS la publico por su relación con el comic, si en otro momento encuentro otra columna de este autor que elabore sobre la caricatura, ilustración o humor, la añadiré a este post.
EL HOMBRECILLO DE FOBOS de Marco A. Almazán
Una historia humorística que involucra los cómics en una historia extraterrestre, publicada originalmente en el diario El Imparcial en 1969 [ El Imparcial 1969.05.11: Page 16 ]
La otra noche logré atrapar un ovni (objeto volador no identificado, aunque en esta ocasión sí pude identificarlo plenamente). Fue un ovni pequeñito. A eso de las once me encontraba leyendo en mi despacho, con la ventana abierta por. el calor, cuando de pronto se coló algo, que volaba vertiginosamente y en zigzag, esquivando la lámpara, las sillas y los libreros. Creyendo que se trataba de un murciélago al que le tengo manía, porque se fuma mis puros, rápidamente cerré la ventana la ventana y eché el pestillo. La puerta que comunica la habitación con el resto de la casa también estaba cerrada, así es que el intruso no tenía escapatoria. Por algunos segundos continuó revoloteando, y después se posó delicadamente sobre mi escritorio. Fue entonces cuando pude darme cuenta que se trataba de un ovni.
Era un objeto de forma lenticular, de unos veinte centímetros de diámetro, de color acerado y con una serie de ventanitas alrededor. Una de éstas se abrió y por ella descendió un hombrecillo verde.
—Vaya —dijo en perfecto español— Ahora sí que me he lucido. —¿Quién es usted? —le pregunté, cuando recuperé el habla.
—Si le dijera mi nombre, no podría pronunciarlo. Pero puede llamarme Pepe. Soy habitante de Fobos, el más pequeño de los, satélites del planeta Marte. ¿Sabe dónde queda?
—Hombre, naturalmente. Nunca he estado ahí, pero sé que Fobos y Deimos son los dos satélites de Marte, ambos muy pequeños, de sólo algunas decenas de kilómetros de diámetro, y que fueron descubiertos —telescópicamente hablando— por el astrónomo Asaph Hall en 1879. Los dos muy veloces y sus períodos de revolución en torno al planeta casi son centro-americanos.
—¿Cómo que casi son centroamericanos? —preguntó el hombrecillo con extrañeza.
—Quiero decir que como períodos de revolución, son muy frecuentes. De 30 horas para Deimos y 7 horas 40 minutos para Fobos. Por cierto que este último; a diferencia de los 32 satélites conocidos, gira a mayor velocidad que su propio planeta, lo cual plantea una de las más arduas dificultades a la hipótesis cosmogónica de Laplace.
Visiblemente complacido por mi erudición, el hombrecillo saltó de su artefacto y se aproximó al borde del escritorio. Tenía toda la forma de un ser humano, excepto que medía cinco centímetros de estatura, era de color verde y tenía siete dedos en cada pie. Esto último no se advertía a simple vista, pues venía calzado, pero él me lo dijo después.
—¿Es usted astrónomo? —me preguntó.
—No, señor. Lo que ocurre es que hace diez años me compré la Enciclopedia Británica para cultivarme un poco, y todos los días leo un capítulo en el baño. Ahora voy en la letra M, y precisamente hoy en la mañana leí el capítulo correspondiente a Marte. Por eso estoy tan enterado.
—¿Y no se le moja? —volvió a preguntarme el hombrecillo.
—¿No se me moja qué?
—La enciclopedia. Como dice usted que la lee en el baño-.
— Bueno, hombre, pero no la leo precisamente cuando estoy bajo la ducha.
—Comprendo —sonrió el hombrecillo—. Es un modo un poco extravagante de asimilar cultura, pero algo es algo.
El marcianito se sentó sobre un diccionario y encendió un minúsculo cigarrillo.
—¿Y usted? —le pregunté —. ¿Qué hace por estos mundos?
—En viaje de rutina —repuso, encogiéndose de hombros.
—Imagino que pertenece usted a esa pléyade de seres ultraterrestres que desde hace años nos observan desde sus platillos voladores; ¿no?
—Exactamente.
—Entonces dígame usted: ¿por qué nos observan? ¿Es verdad – que se han alarmado por nuestras recientes explosiones nucleares, – y que temen que vayamos a trastornar el orden cósmico?
El hombrecillo soltó una carcajada.
—¡No, hombre, qué va! Todos nosotros somos argumentistas y dibujantes de tiras cómicas y de folletines de ciencia-ficción en nuestros respectivos planetas y satélites, y venimos a la Tierra para recopilar material Sin pretender ofender ustedes nos resultan extraordinariamente chuscos y hasta grotescos. ¡No son verdes, y tienen sólo cinco dedos en cada pie! Los niños y muchos adultos de nuestros planetas materialmente devoran las historietas de terrícolas.
El hombrecito y yo continuamos charlando hasta las tres de la mañana. Como quien no quiere la cosa, tomó muchos apuntes entre carcajada y carcajada. Después se despidió, montó en su artefacto, a™ la ventana y desapareció en el espacio. Nada me extrañaría que la semana entrante los lectores de Fobos se mueran de risa al ver una tira cómica en la que aparece un señor terrícola, gordo y con gafas, leyendo la enciclopedia en el baño. — (ALA).
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