Héroes de papel, 1954, Argumento en contra de los Cómics
Héroes de papel, columna domingo 24 de octubre de 1954 del diario El Imparcial por Manuel Espiñeira del Olmo, un argumento contra los Cómics
Arte Cultura y Entretenimiento | Redacción/ Escrito por Javier Martínez | Visit [a] TintaADiario en Facebook

Manuel Espiñeira del Olmo fue un artista Español (madre boricua, padre español)nacido en Puerto Rico, fue ilustrador de las ediciones sabatinas y dominicales del diario El Imparcial.
Nacido a finales del siglo diecinueve, fue novelista, jefe de redacción de un diario en Málaga, tuvo parte en la Guerra Civil Española. Esto lo conocemos por un reportaje de 1953, donde también se indica que “Finalmente vino a América y a su tierra natal; Como buen español, es discutidor e individualista y un tigre para el trabajo. En ese mismo departamento trabajan otros tres jóvenes que dominan cabalmente la técnica de la ilustración y el retoque”
El nombre de Espiñeira comienza aparecer en el diario en 1950, por exhibiciones de sus pinturas. Para 1953 ya está ilustrando en el periódico, escribiendo y es parte del Departamento de arte. Sin embargo su nombre perdura hasta 1956 en las paginas del diario, su ultima mención es en una nota de Juan Antonio Corretjer, reseñando la novela publicada por Espiñeira, titulada “Un trapo rojo en la alambrada«, comparto al final de este post esa reseña, así como algunas de las ilustraciones de Espiñeira del Olmo.
En el escrito Héroes de papel, el autor en estilo narrativo arduo de entender, construye un discurso en contra del cómic a lo cual llama «los muñequitos» y los nombra como publicaciones menores. Considera que son producto del libre mercado, manipulador, un producto simplista y en cierta manera crítica al lector por su tendencia al mal gusto. Muchas de estas criticas pueden ser razonablemente ciertas, pues siendo un producto de cultura popular, su forma estaba construida para un publico, sin embargo lo que permea es un desdén por el éxito de «formación y deformación del carácter de nuestros jóvenes» como menciona el autor y la amenaza que conllevaba para otras disciplinas, las cuales les tenía más aprecio
Héroes de papel
Enfoques Por Manuel Espiñeira del Olmo | Colaborador | domingo 24 de octubre de 1954
De “los muñequitos” diremos lo que se dice del agua, que “algo tiene de bueno cuando la bendicen”, pues como el agua se los beben chicos y mayores, quienes van a encontrar en sus enredos aquello que la guadaña del progresó cercena a diario en los Jardines de su fantasía: Imaginación.
Esas historietas, trágicas para reír y cómicas para llorar, nos traen el recuerdo de los viejos trashumantes de nuestra infancia, que en la calle desplegaban un telón, en el cual groseramente pintadas figuraban las escenas del último y espeluznante crimen, Puntero en mano iban señalando los cuadritos, sonsoneteando su descripción, vendiendola en pliegos de romances o aleluyas, por unos chavos, para que, Ios que sabían de letras, las repitieran, como prudente aviso del triunfo final de la justicia: sobre el delito. Tales bohemios poseían la gracia de entretener la simple mentalidad de su público con igual arte, hoy elevado a industria, que los actuales poderosos sindicatos, que han sabido domesticar las grandes masas lectores hacía los “comics”.
En estas publicaciones menores lo plástico sirve a la leyenda breve, casi instantánea, de expresiones cortas y trazos duros, como los cuadros de Rouault. Los héroes de papel han entrado a formar parte de nuestro ambiente, reclamando atención cada día, con rapidez, solo comparable a la de su escape de la memoria. Productos de la simpatía encajan a modo en el fondo altruista del lector sencillo que comparte con ellos, y en un mismo margen ideal su ligera euforia. Y en ese acorde de toma y tira reside el secreto de su triunfo, que reverenciamos.
Seriamente se estudia ya la influencia que “los muñequitos” ejercen en la formación y deformación del carácter de nuestros jóvenes. Es verdad que al favor de la libre empresa — esa especie de médula espinal de nuestro sistema democrático — se ha originado un peligroso desplazamiento de las historietas hacia zonas extrañas a su naturaleza. La intención tendenciosa de hacer de los héroes de papel personajes demasiado reales Ies, va convirtiendo “los muñequitos” en monigotes, en la etapa naturalista de esta híbrida forma de literatura, por decirlo así, y contando con el sentimiento de un público que los admira desde el mero ángulo de su sentimentalismo. Hay que contar siempre con la intromisión mercantilista que desliza el gusto del lector al mal fin, el socaire de una portada de colorines rabiosos, unos títulos su gusto de lo morboso, lo tremendo, y lo pornográfico; lo antisocial, en gestivos por equívocos, y unos precios asequibles, y embozado también en él triunfo del bueno sobre el malo, tan fácil a la confusión de los términos. Contra esta acción la reacción del lector medio se revuelve de lo nauseabundo y por instinto, al principio estético que ha hecho posible en los tiempos difíciles para el libro y aún la prensa, esta graciosa invención,de “los muñequitos,” reconsiderándolos, y ¿porque no?, como un vehículo de cultura popular aprovechable en el ser que retorna al simplismo, cansado de los procedimientos empíricos y rutinarios. Tan es así que el propio moralista imperturbable, viene a buscar a hurtadillas en nuestros “muñequitos” ese poquito de aventura, esa breve absorción, y esa evasión espiritual que los héroes de papel le brindan en las cortas pausas entre un hacer formal, y una preocupación de ilusiones pedagógicas.
Un Trapo Rojo en la Alambrada
Por Juan Antonio Corretjer | El Imparcial, 1956.11.11
Cuando ardía en España la Guerra, un puertorriqueño, Rubén Gotay Montalvo, escribió una de sus narraciones más justas y brillantes. Otro puertorriqueño, ahora, en la otra, realidad que es la novela, narra, en términos de revelación, la odisea del exilado español, depurado en el campo de concentración nazi, en Colliure cruel, en la TODD germánica, en los pueblecillos de la provenza y en el Maquis dé la Auvernla. Tal es la novela, editada en México, “Un trapo rojo en La Alambrada”, de Manuel Espiñeira del Olmo.
EL AUTOR
Manuel Espiñeira del Olmo ha hecho buen periodismo en España, en Francia y en Puerto Rico. En Puerto Rico, hace cosa de dos años, inició la publicación de unas crónicas dominicales en EL IMPARCIAL. Me cuentan que Don Miguel Meléndez Muñoz se pasó por el pupitre de redacción una tarde, preguntando:
— “¿Quién es ese Espiñeira que tan bien escribe?”
La pregunta era de monta, pues a Puerto Rico le nacía sin saberlo un articulista intenso y primoroso, nuevo de ideas y de movimientos en la prosa diestra y agraciada, más dueño de un lenguaje como no pasado por la deformación pavorosa del criminal “bilingüismo”.
Verdaderamente, Espiñeira, hijo de madre boricua y de un coronel del Ejército Español, va de brazos a España con la bandera de la Monarquía que regresa a Madrid en 1898. Se forma en Andalucía, en donde pasa, de la sala de redacción a las primeras — y a las últimas — barricadas de la República. Cruza, en 1939, la raya francesa; y padece y lucha en Francia los sinsabores y las glorias de esa Diáspora Ibérica que a Puerto Rico ha traído, junto a algunos malvados de los que en todas partes se cuelan, representantes auténticos de la España buena como él poeta Juan Ramón Jiménez y el escultor Compostela.
Todo, por lo tanto, debía ser español en Manuel Espiñeira del Olmo. Todo; menos una herencia de añoranzas de su madre boricua. Madre que de veras lo gesta a la luz dos veces a su hijo: primero su cuerpo, luego le ilumina el alma. Esa segunda gestación hace al hombre. La dulce ponceña llenó el alma de su Manolo de imágenes boricuas. Esto no es literatura: en un campo de concentración nazi escribe Espiñeira, en espinelas impecables — décimas, significativamente un ansia de borincanidad en la que la añoranza materna hácese ensueño en el hijo! Y un día, llega, para quedarse, a Puerto Rico.
Entre nosotros el sueño se disipa en la terca compensación de las realidades. Ve muchas cosas que le gustan. ¡A mí me gustan tanto! Ve otras! que no le gustan. !¡A mí me gustan menos! Entre las primeras hay la siembra de colores de nuestro paisaje. Como es pintor también, lo pinta. Se de un cielo boricua pintado por Espiñeira que es de lo mejor que he visto como cielo nuestro pintado! Las otras las sufre, con ánimo de sufridor experimentado; o las suda y rabia, como español que no ha podido aprender, ni en Séneca ni en nadie, a reprimir la pasión y la ira del alma española. Y ojalá no lo aprendamos nunca!
LA NOVELA
El lector puede entrar confiado en las páginas de “Un Trapo Rojo En La Alambrada». No es una novela de tesis, ni política ni social. Es un reflejo de la vida, un destello de la realidad vivida por los exilados españoles, primeros en haber defendido con las armas en la mano, “el estilo democrático de la vida ” frente al fascismo, y dejados luego de la mano de Dios: que equivale solamente a decir que abandonados, vendidos y traicionados por las tituladas ’‘democracias”. ¡Demasiado castigo para tanto candor!
Es posible que un día, dentro de algunos años, cuando con exacta objetividad y verdadero espíritu de justicia, se pase juicio, sobre todo el proceso de la Guerra de España, y de la dispersión ibérica que la siguiera, será imposible negar a los españoles el mérito que le corresponde de haber sido, en toda la bancarrota moral que culminó en Munich, los únicos en merecer justamente el título honroso de “fanáticos”: es decir, hombres de mucha fe, ¡hombres de veras!
Ha sido Espiñeira uno de ellos, y ha tenido el honor doble de vivir su vida y novelar su odisea. La ha novelado bien, en una obra bien escrita, bien proyectada, con mucha donosura y cierta grandiosidad galdosiana. Efectivamente a veces, queda uno preguntándose si esta obra de Espiñeira es “un episodio nacional” que se le olvidó a Galdós! ¡No se le olvidó, no. Fue que el pueblo español siguió caminando por la historia, y con tal impulso, que cuando a su paso heroico le faltó tierra española, siguió andándolo en los riscos de la Auvernia! Manuel Espiñeira del Olmo ha retomado novelísticamente ese paso con rango que le honra.
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