La condición humana de Manuel Méndez Ballester
Escrito de Manuel Méndez Ballester, discute el mito de “el pueblo” e inserta un comentario acerca de un divorció por leer “Los Muñequitos»
Arte Cultura y Entretenimiento | Redacción/ Escrito por Javier Martínez | Visit [a] TintaADiario en Facebook


Manuel Méndez Ballester fue un novelista, autor teatral, cuentista, periodista y ensayista puertorriqueño, conocido por novelas como Isla Cerrera, y obras de teatro como El Clamor de Los Surcos y Tiempo Muerto, entre muchas otras.
En un escrito del domingo 7 de septiembre de 1947 en el periódico El Mundo, titulado “La condición humana “ el autor intenta explicar el concepto de la expresión “el pueblo”, lo cual considera un mito y a su vez analiza la psique humana, su condición y realidad.
Lo que nos interesa en esta nota en estilo de farsa teatral, aun cuando es una interesante reflexión sobre el ser humano, es la inserción o unas líneas acerca de los muñequitos ( cómics o tiras de prensa) en el contexto del escrito y lo que pensaba el autor del auge del noveno arte o de la tira de prensa.
La condición humana
Las aventuras de Cocolía
Donde se discute el mito de “el pueblo”, y aparece La Cenicienta | MANUEL MÉNDEZ BALLESTER
Escena: En casa de don Serapio, al atardecer. Entra don Serapio, que llega de la calle. Cocolía está leyendo.
Serapio: Buenas tardes, Cocolía.
Cocolía: Buenas tardes. Aquí ha estado procurándole una señora esta tarde. Dijo que era la señora de Juanin y que volvería luego.
Serapio: (Quitándose la chaqueta). Esa es Carmela, La Cenicienta, una pobre muchacha que me atendió la casa y luego se casó con Juanin, el hijo del dueño de este edificio y de diez edificios más que posee en la ciudad.
Cocolía: Me pareció verla llorando.
Serapio: Algún disgustillo con el marido y ya estará pensando en divorciarse. Esto de los divorcios, amigo Cocolía, ya es un relajo, pero un verdadero relajo.
Cocolía: ¿Leyó usted hoy, en la Prensa, de esa muchacha que se divorció porque el marido se pasaba el tiempo leyendo “Los Muñequitos» ? ¿Qué le parece?
Serapio: Un disparate, amigo. Porque, con esta alegación, van a tenerle que conceder el divorcio a media humanidad. (Sonriéndose) En la Edad Media era los cuentos de caballería, y hoy son «Los Muñequitos». Es el mal de nuestro siglo, amigo Cocolía. Prueba Inequívoca de la mentalidad infantil del pueblo norteamericano, que está invadiendo el mercado con esos folletos, y nosotros leyéndolos a pierna suelta. Es una epidemia, una verdadera epidemia de muñequitos. Todo el mundo los lee.
Cocolía: Algo bueno tendrán esos muñequitos cuando tanto gustan al pueblo.
Serapio: (Ajustándose los tirantes.) Mira, Cocolía, no me vengas tú también con la cantaleta de ‘el pueblo’. Que ya no «se puede! dar un paso sin que le tiren a uno con ‘el pueblo’. Si abren un callejón, es por mandato del pueblo, y si lo cierran también. Los capitalistas, los obreros y, especialmente los políticos, todos hablan a nombre de ‘el pueblo’. ¿Sabes Tú lo que es ‘el pueblo’ ?
Cocolía: No, señor
Serapio: ¿Has podido observarlo?
Cocolía: No, señor. Nadie puede observar ‘el pueblo’ porque nadie puede verlo. Sólo he podido observar a los seres humanos. Claro está, las aspiraciones y el gobierno de ese conjunto de seres humanos es lo que constituye el pueblo.
Serapio: ¡Pamplinas! Yo aspiro a la completa libertad política como base para regenerar y dignificar al ser humano. A ti, sin embargo, no te importa la libertad política, porque crees que lo primero que tiene que hacer el hombre es regenerar su espíritu, ¿Crees entonces que mis aspiraciones y las tuyas están representadas en eso que se llama ‘el pueblo’, el gobierno del pueblo?
Cocolía: ¿No se ha fijado usted, acaso, que ese conjunto de seres humanos tiene ciertas aspiraciones en común?
Serapio: ¡Ya lo creo! Los que vivimos a jornal o a sueldo creemos que debemos ganar más. Y los que ganan mucho dinero creen que no deben pagar tan altos jornales y tan altas contribuciones. Pero estas cosas, aunque importantes, no son las cosas fundamentales de la humanidad. Despreocúpate, amigo Cocolía. Ni tú ni yo, ni ningún hombre que reflexione seriamente puede andar con esa comparsa de ‘el pueblo’. Cuando analices detenidamente la historia de las sociedades comprenderás la leyenda de Prometeo, que se rebeló contra los dioses para traer la antorcha de la sabiduría a los hombres, Comprenderás, Cocolía, que todo esto que llamamos civilización es el producto de unos cuantos hombres privilegiados y no de ese conjunto de seres que tu llamas ‘el pueblo’.
Cocolía: Don Serapio, está usted hablando como todo un fascista.
Serapio: (Sonriéndose.) Ya sabía yo que me ibas a llamar fascista. Lo mismo que te llamaron a ti comunista cuando intentaste recoger del suelo la cartera de aquella señora. No Cocolía, en las cosas del corazón, tú me llevas siempre la ventaja. Pero en materia política, en esto, yo sé más que tú. Cuando te retires esta noche a reflexionar, desmenúzate bien esos seres que has encontrado en la ciudad y pregúntate luego si ellos están representados en eso que , tú llamas ‘el pueblo’ Y verás que no existe tal cosa. Que el pueblo es un mito de nuestros tiempos. El mito más grande de nuestros tiempos. (En eso tocan a la puerta. Cocolía acude a abrir, y entra, compungida y llorosa, una muchacha.)
Cocolía: ¿A quién desea ver la señora?
Serapio: A mi, Cocolía. Esta es Carmela, La Cenicienta. A ver, ¿qué te ocurre?
Carmela: (Llorando.) Quiero divorciarme.
Serapio: ¿Y por qué te quieres divorciar?
Carmela: Porque él no me quiere. Y yo tampoco lo quiero a él, (Añorando.) !Ah!, tan feliz que yo hubiera sido con Pedrito, a pesar de su pobreza!
Serapio: Bien merecido lo tienes.
Carmela: Ahora me echa usted la culpa. ¿No fue usted quien me aconsejó que me casara con Juanin, cuando yo era una muchacha, pobre, acabada de llegar del campo, cuando le servía a usted la comida y la limpiaba la casa?
Cocolía: Don Serapio, .. otra vez la mano de Satanás.
Serapio: ¿Tú también crees que hice mal aconsejándole que se casara con ese muchacho rico?
Carmela: Destrozó usted mi vida.
Serapio: ¡Ah! con qué facilidad «se justifican los seres desdichados! Siempre la culpa la tuvo otro, Siempre. ¿No te acuerdas, Carmela. Siendo tú pobrecita. cómo sonabas y anhelabas poseer una quinta, y tener un lujoso automóvil, y comprar los trajes costosos que veías en la ciudad?
Carmela: Eso lo anhelan todas las mujeres.
Serapio: Todas las mujeres casquivanas como tú. ¿No te sentías desgraciada al pensar que Pedrito no podría jamás proporcionarte todo eso? ¿No te acuerdas cuando le sacabas el cuerpo al pobre Pedrito. y sonabas a todas horas con un hombre que te diera lo que tú soñabas? ¿No quería» un Principe Azul? ¿No fué Juanin, rico y buen mozo, tu Principe Azul? Pues ahí lo tienes, Cenicienta, ahí lo tienes.
Carmela: Viejo maldito. Vengo a que me dé un consejo, y me insulta usted.
Serapio: Te insultan las verdades, Carmela.
Carmela: !Miserable! ¿Lo oye usted, Cocolía? No le crea usted una sola palabra. Siempre se está vengando de mí porque no quise casarme con él (Sale rápida y tira la puerta. Don Serapio se queda pensativo. Cocolía se le acerca.)
Serapio: Es verdad, Cocolía. Cuando Carmela trabajaba aquí, una vez le pedí que se casara conmigo, y se echó a reír de mi vejez. Desde entonces la odié. Le aplaudía sus Ideas absurdas. Hice que abandonara a Pedrito y se casará con Juanin para que fuese una desdichada.
Cocolía: ¿Y qué ha conseguido usted con la desdicha de esa pobre muchacha? ¿Qué ha conseguido usted? Lastimarle el corazón para toda la vida. (Cocolía se dirige hacia la puerta.)
Serapio: ¿Dónde vas, Cocolía?
Cocolía: A buscar a La Cenicienta para que usted le pida perdón.
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